Nos lamentamos, hipócritas, de no
haberlo visto venir. Nos parecía
gracioso que se frotara contra el aparador del salón, que se acostara sobre el
escritorio de los niños, que acariciase las puertas y hasta que aspirase el
olor del barniz mientras se abrazaba a las patas de la mesa. Sin embargo, fue
más extraño cuando ayer se afiló los dientes con la chaira. Ahora nos
encontramos con el baño inundado de agua y una barricada de muebles
despedazados alrededor. Está claro que no se puede tener un castor como
mascota.
miércoles, 30 de abril de 2014
miércoles, 23 de abril de 2014
Picores
Conseguiré aliviar el picor de pies cuando llegue a casa. Allí me
descalzaré y frotaré mis pies lentamente sobre la rugosa alfombrilla de la
habitación durante unos minutos. En una palancana verteré agua caliente y
disolveré en ella aquellas sales aromáticas que me regalaron años atrás. Pondré
la palancana en el suelo de la cocina y, yo sentado frente a ella, meteré los
pies. Pisaré las sales aún no disueltas y las presionaré para que
definitivamente se deshagan y entren en efervescencia. Ascenderá el aroma a lavanda,
lo aspiraré y me relajaré moviendo los dedos. Luego, el efecto de las sales se
desvanecerá y de nuevo reaparecerá el picor de las plantas de los pies. Volveré
a calentar más agua. Mientras tanto me sentaré de nuevo frente a la palancana. Mantendré
un pie sumergido en el agua tibia al tiempo que acariciaré la planta del otro
pie. Las yemas de mis dedos se deslizarán a lo largo del pie, hacia arriba y
hacia abajo, una y otra vez. Luego haré lo mismo con el otro pie, siempre con
un pie bajo el agua. Recordaré el agua en el fuego. Tiraré el agua fría de la
palancana por la pila y verteré la caliente. No volveré a añadir las sales,
sino que directamente sumergiré los pies en el agua caliente. Demasiado caliente.
Me abrasaré los pies y del shock empujaré la palancana derramando el agua sobre
el suelo de la cocina. Intentaré incorporarme para retirar el agua con la
fregona pero los pies estarán enrojecidos y escaldados. Me sentaré de nuevo en
la silla y acariciaré una y otra vez cada pie. Al cabo de unos minutos se
formaran ampollas en las plantas y las caricias no sofocarán el creciente
picor. Presionaré las yemas de los dedos sobre la planta de los pies evitando
las ampollas. El picor desaparecerá momentáneamente pero en ese movimiento una
de mis uñas rozará una de las ampollas y la estallará. El viscoso líquido que
la rellenaba se esparcirá por mi pie y extrañamente me aliviará el picor en la
zona humedecida. Mis uñas sustituirán a mis yemas y me rascaré los pies sin
temor a levantar las ampollas. En varios barridos, mis uñas romperán todas las
ampollas de un pie y luego las del otro. El plasma amarillento cubrirá toda la
planta y me dará una agradable sensación de frescor muy parecida a la del baño
con sales. El picor volverá a aparecer a medida que el líquido se evapore y
volveré a rascarme entonces con mayor intensidad. El suelo seguirá encharcado
de agua y me acercaré a la pila apoyando únicamente los talones para rellenar
de nuevo la palancana. El agua estará fría y no servirá para aplacar el picor. Rascaré
entonces más intensamente uno y otro pie alternándolo con el baño de agua y mis
uñas arrastrarán la débil y fina piel enrojecida de la planta. Mis uñas
desprenderán pedazos de piel hasta que la carne ensangrentada quede totalmente al
descubierto. Entonces, la calidez de la sangre aliviará el picor y mis dedos explorarán
cada fascículo muscular, entrarán entre los músculos, comprobarán los puntos de
unión con los huesos y frotarán los tendones para descubrir su color blanquecido.
Arrancaré cada músculo del pie y los dejaré caer en la palancana que se llenará
de sangre y pedazos de carne. Querré lavarme los pies en agua limpia pero no
podré alcanzar la pila porque los talones ya no soportarán mi peso. Entonces aún
quedará el charco de agua y mojaré los pies en la poca agua que quede. Se descubrirán
los pequeños huesos del pie y observaré que estos estarán cubiertos de una
película verdosa, parecido a una capa de moho. Mis huesos estarán infectados
por un extraño hongo y querré rascarlo con las uñas. El moho se incrustará en
mis uñas y poco a poco iré desprendiendo el hongo de mis pies. Por fin podré
eliminar el picor de los pies si entonces en la cocina no bajase la temperatura
y no me temblase todo el cuerpo.
martes, 8 de abril de 2014
El Dr. Manzini
-
Todos tenemos aficiones: a algunos les gusta
hacer deporte, a otros coleccionar cromos, construir maquetas o pintar cuadros.
Yo soy algo más convencional, más clásico. Me gusta matar gente. No me miren
así. No es algo tan raro -anunció el eminente Dr. Manzini.
El auditorio de la Universidad de
Pensilvania estaba completamente lleno. El Dr. Manzini, hábil en los discursos,
mantuvo una pausa durante unos segundos y en la sala reinó el silencio. El Dr.
Manzini siguió hablando:
-
Disculpen pero era necesario captar la atención
de la audiencia. Así que comenzaré mi seminario sobre “La conducta humana
frente al miedo”. En primer lugar, mi teoría es que todo el mundo tiene miedo. Sin
embargo, este solamente se manifiesta con uno o varios estímulos determinados
para cada individuo.
En sus conferencias, el Dr.
Manzini insinuaba fuerza, credibilidad y entusiasmo con sencillos movimientos
de manos y miradas severas y profundas. Su voz era suave y fluida pero alzaba
su tono para aumentar el impacto de las imágenes que mostraba en la pantalla de
personas, por ejemplo, rodeadas de arañas, al borde de un precipicio, frente a
una serpiente, a solas en medio de un oscuro bosque o incluso imágenes de cuerpos
arrollados por un tren o mutilados. Mientras hablaba solía repartir la mirada
por todo el auditorio que normalmente quedaba a oscuras a excepción de las dos
primeras filas, estas más iluminadas por los focos del estrado. Aquel día, el
Dr. se fijó concretamente en tres personas. En el medio de la primera fila
estaba sentada una joven estudiante de pelo rubio, largo y ondulado, de ojos
claros y con un vestido aparentemente suave que insinuaba su preciosa figura.
La joven no paraba de tomar anotaciones en un pequeño cuaderno. En la misma fila
pero cerca del pasillo se encontraba un hombre de color con sus musculosos
brazos cruzados sobre su amplio pecho que miraba intensamente al ponente y que
ocasionalmente bajaba la mirada como si reflexionase sobre alguna afirmación del
seminario. Por último, sobre un asiento de la segunda fila reposaba un fatigado
y obeso hombre canoso, con barba y con los ojos tan pequeños y rasgados que parecía
tenerlos cerrados. A lo largo de la charla, el doctor notó que estas tres
personas no mostraban ningún tipo de emoción y esto le captó el mayor interés. Posiblemente,
la estudiante apenas reparó en las imágenes debido a su obsesión por escribirlo
todo; el hombre musculoso debía de ser un ex militar acostumbrado a todo tipo
de barbaries y el obeso seguramente fuera un amante del gore. Sin embargo, el
Dr. Manzini sentía un gran deseo de comprobar su teoría con ellos.
Una semana después, en la
Universidad de Harvard, el reconocido Dr. Manzini mostró nuevas imágenes que no
dejaron indiferente a nadie: el cuerpo de una mujer rubia completamente
despellejada, un hombre de color colgado de sus manos y abierto en canal y otro
más grueso tumbado boca-arriba ensangrentado y cubierto de hambrientas ratas.
miércoles, 2 de abril de 2014
Piedras
Enrique y Marta solían ir de
excursión, al menos una vez al mes. Era una costumbre que Enrique había conseguido
tras mucha insistencia. Después de cuatro años habían recorrido gran parte de
la provincia y no era raro que repitieran destinos, aunque en estas ocasiones solían
tomar sendas alternativas. En una de esas veces, Marta propuso ir de nuevo al
Parque de los Arces. Era otoño y Marta deseaba ver cómo las hojas de estos árboles
cambiaban su color verdoso a uno más anaranjado.
Esta vez lograron levantarse
bastante temprano. Tenían que recorrer unos doscientos quilómetros hasta llegar
al parque natural. Desayunaron ligeramente y Enrique preparó el almuerzo.
Cogieron el coche y salieron de la ciudad dirección norte. Una vez alcanzada la
autovía Enrique conectó la radio. Retransmitían las noticias y los resultados
de fútbol del día anterior. Marta cambió de emisora.
Al llegar a la salida 47, Enrique
abandonó la autovía, bordeó diferentes rotondas y tomó la carretera que se
dirigía hacia el punto de recepción del parque. En ese punto, la carretera se
bifurcaba y un gran panel informativo indicaba la dirección hacia el inicio de
la senda y el desvío hacia el parking.
-Enrique, continúa mejor por la
pista forestal para llegar al principio de la senda Oeste- le indicó Marta.
Dejaron atrás el parking y continuaron
por un estrecho camino tapizado de pequeñas piedras blancas aplastadas contra
el arenoso suelo. Enrique observaba a través del retrovisor interior que una
espesa polvareda blanquecina se levanta tras ellos. Redujo la velocidad. A su
derecha, el camino discurría paralelamente a un pequeño río que se escondía y
aparecía intermitentemente entre los matorrales de madroños, enebros y jara. A
su izquierda, el camino estaba flanqueado por la blanquecina ladera de la
montaña. Marta bajó la ventanilla y se asomó para comprobar si los arces ya
habían empezado a cambiar de color, pero ese otoño estaba siendo más cálido y
más seco de lo habitual. Continuaron avanzando: señales de precaución, conos
naranjas y una máquina apisonadora. De pronto, el coche empezó a temblar. Enrique
comprobó que ya no se levantaba polvo pero que el suelo estaba cubierto de piedras
más grandes. Redujo de nuevo la velocidad y la marcha.
-¿No es mejor que paremos por
aquí y continuemos andando?- le dijo Enrique a Marta que aún miraba
decepcionada por la ventana.
-El principio del sendero aún
queda lejos. Si vamos andando se nos hará de noche antes de llegar.
-¿No te acuerdas de la última vez
que vinimos? El camino estaba igual que ahora- le reprochó Enrique.
-No sé… lo que quieras, pero…
El coche seguía traqueteando
sobre el pedregoso suelo. Enrique apagó la radio y levantó un poco más el pie del
acelerador. Mientras avanzaban, Enrique miraba a un lado y a otro de la pista. Bajó
su ventanilla. El traqueteo del coche cada vez era más acusado y avanzaban con
mayor lentitud. Enrique redujo finalmente a la primera marcha. A unos metros más adelante se
descubrió una pequeña explanada donde ya había un coche aparcado. Enrique
dirigió el coche hacia ella, paró el motor, subió su ventanilla, cogió la
mochila del asiento trasero y salieron del coche.
Bordeando la orilla del río, Enrique
y Marta, un par de metros por detrás, continuaron andando con dificultad por la
ascendente pista empedrada sin decir una palabra. En sus pasos, Enrique apoyó
un pie en una piedra redondeada que se tambaleó y le hizo perder el equilibrio casi hasta doblarse el
tobillo. Se detuvo en medio del camino y cogió una de las grandes piedras del
suelo. La sopesó torpemente entre sus manos, la alzó por encima de su cabeza y la
estrelló contra el suelo a pocos centímetros de sus pies. Ahora Enrique respiró
profundamente y cogió una piedra más pequeña. Separó sus piernas, retrocedió la
mano que agarraba la piedra mientras que la otra apuntaba hacia la ladera de la
montaña. El brazo retrasado y la cadera describieron un movimiento semicircular
y en el último impulso Enrique lanzó a gran velocidad la piedra hacia la
ladera. La piedra estalló en múltiples fragmentos al impactar con una roca. Enrique
se giró y vio a Marta de pie con los brazos caídos mientras lo observaba
fijamente. Enrique dio la espalda a la montaña y se giró hacia el río, se
agachó y sin apartar la vista de la centelleante superficie del agua palpó el
suelo. Cogió una piedra aplanada y la rodó entre sus dedos índice y pulgar
acariciándola. Aún en cuclillas, inspiró, hinchó su pecho y lanzó suavemente la
piedra a menos de un metro de él. No llegó al agua. Enrique permaneció en la
misma posición unos segundos más mientras contemplaba la masa verdosa del
bosque salpicada de unos pocos árboles anaranjados. Se giró hacia Marta y caminó
hasta ella.
martes, 25 de febrero de 2014
Del llanto a la risa
Otra vez la misma escena de siempre: su
cabeza inclinada hacia delante y los brazos cruzados sobre su pecho mientras sus estrechos hombros se agitaban nerviosamente; su flequillo le tapaba su fea cara que debía de sonrojarse y arrugarse; por su aguileña nariz lanzaba molestos
silbidos y todo su raquítico cuerpo temblaba.
Me acerqué a ella y la envolví con mis brazos. Le susurré que sentía haberla culpado
por lo de la mancha en el mantel, que no era para tanto, que la amaba y que siempre estaríamos juntos.
En mi pecho notaba como su respiración se agitaba y ella se estremecía cada vez más fuerte, hasta
que rompió en carcajadas.
jueves, 13 de febrero de 2014
La visita impertinente
Carmen suspiró profundamente y fue a la cocina a por dos
cubiertos, dos vasos y dos platos más. Sacó del congelador una bolsa con
croquetas y abrió una lata de berberechos. Regresó al salón, donde esperaban sentados
en el sofá Ana y Javier, y puso los nuevos cubiertos sobre la mesa junto con su
cena: un cuenco de sopa, un plato de pollo a la plancha, una manzana, un vaso
de agua y tres pastillas de colores, mientras se indignaba pensando:
- Estos siempre hacen igual. Vienen cada sábado justamente
a la hora de la cena, se acomodan y ahí se quedan esperando a que les diga que
se queden a cenar.
Disimuladamente, Ana acercó su pierna hacia la de Javier
para avisarle de que esta vez le tocaba a él. Entonces, este preguntó:
- Carmen, ¿te animas hoy a salir a tomar algo?
jueves, 30 de enero de 2014
El disfraz
Mientras el padre de Enric rebuscaba y lanzaba ropa desde
dentro del contenedor, la madre metía en una bolsa un par de zapatos sin
cordones, una camisa de rayas sin botones y unos pantalones verdes con un
agujero en un camal. En silencio, el pequeño Enric miraba la escena, temiendo
que aquello fuera el disfraz que le habían prometido sus padres para el
colegio.
domingo, 19 de enero de 2014
Una excursión cualquiera.
Dejamos la autovía de Madrid en
la salida de Buñol. A partir de aquí
seguimos la señalización por las numerosas rotondas hacia Yátova. Una vez
cruzada esta localidad observamos a lo largo de la cuneta los diferentes
mojones que marcan el primer, el segundo y los sucesivos quilómetros de la
CV-429. Avanzamos por este serpenteante camino atravesando el Rincón del Nano con
una velocidad prudencial hasta llegar al quilómetro 19. En este punto nos
encontramos con una serie de casas a ambos lados de la carretera. Un poco más
hacia delante tomamos una salida a la derecha por una pista asfaltada que nos lleva
a Mijares, localidad cuyo nombre procede del río que nace a pocos quilómetros
de aquí y que linda en su parte Sur con el Cerro de Galón.
Nos detenemos en la primera zona
despejada que encontramos para dejar el coche durante el día sin molestar. Desde
este punto se observan dos caminos: uno hacia el Oeste y otro hacia el Sur que
se adentra en la zona residencial. Antes de tomar este último, nos abrigamos e
incluso guardamos en la mochila la manta que siempre llevo en el maletero. En
estos momentos estamos a siete grados. Al salir de casa estábamos a diecisiete
grados pero la temperatura ha ido bajando conforme nos adentrábamos en la Hoya
de Buñol. De hecho, desde que pasamos Yátova hemos visto que sobre las montañas
descansa una bruma grisácea y a la que nos hemos ido acercando. Ahora estamos
en medio de esa neblina y el frío se acentúa por el viento.
Es domingo por la mañana, no hay coches
aparcados ni gente fuera de las casas. Frente a algunas de estas hay montones de
arena, grava y bloques de ladrillos. Finalmente nos ponemos en marcha aún con
dudas de si encontraremos el Albergue Mijares como punto de partida. Al atravesar
Mijares encontramos una mujer detrás de la verja que delimita su casa y su
austero campo. Saludamos y preguntamos por el Albergue.
- - Está más hacia delante siguiendo este camino.
Pero ya no está abierto -nos contesta.
La calle asfaltada de Mijares se
convierte en un camino terroso y estrecho. A nuestra izquierda se aprecia la
vegetación de ribera, sobretodo matorrales y zarzas. Al final del camino se
encuentra lo que debió ser el Albergue Mijares. Justo antes de llegar al
edificio, reciben al visitante una caseta y un paellero con un horno de piedra incluido.
El camino termina y se abre a la entrada del Albergue. Desde la blanca fachada de
dos plantas de la Finca Mijares sobresale un porche apoyado por cinco columnas
rectangulares. Las ventanas, la puerta principal y la del primer piso, que da
paso a la superficie superior del porche a modo de terraza, están adornadas con
marcos de escayola con floreados relieves. Entre el edificio y el paellero, en
la parte posterior, existe un reservado tapizado y cubierto por ramas secas de viejas
enredaderas. En su interior aún existe un maltrecho butacón de mimbre en el que, en su momento, los visitantes descansarían y se refugiarían del calor durante
los veranos. Desde el Oeste de la casa nace un camino que a pocos metros se
bifurca en dos: uno en dirección Noroeste y otro en dirección Oeste, paralelo
al río. Tomamos este último, a lo largo del cual los chopos se muestran
desnudos de hojas que yacen secas sobre la ribera y sobre los restos de una
vieja casa cuyas paredes están desprovistas de la blanca cal y deja al
descubierto las piedras rodadas que aún se mantienen en la verticalidad de los
muros. A continuación, se extiende una explanada cubierta de pasto sobre la que
cae la suave luz de enero dándole un color blanquecino al campo. Nos detuvimos
y aprovechamos para tomar unas fotos retozando sobre el suave pastizal.
No son muchas las curiosidades
que se pueden comentar de este trayecto, solamente que el camino, bordeado en
algunos tramos por enebros, va alejándose del curso de agua y que nos volvemos
a cruzar con otra casa abandonada. Esta más grande que la anterior, con una primera
planta y con muy pocas y pequeñas ventanas. Más tarde encontramos el nacimiento
del río Mijares que surge de grandes losas de roca grisácea donde el agua reposa
en un pequeño estanque antes de escurrirse entre piedras y tierra definiendo
poco a poco el cauce del río. El estanque es de agua fresca y limpia y en él
descansa un gran número de ranas verdes. La mayoría de ellas permanecen
inmóviles, mientras que las menos caminan por el fondo y otras dos se
encuentran una sobre la otra. Atravesamos el estanque por el sendero que
continúa por el otro lado pero que a pocos metros se estrecha y complica. En
este punto nos sorprende un gran sapo común de color arenoso, piel verrugosa, ojos
rojizos y pupilas transversales. El asustado animal permanece petrificado
esperando a que nos aburramos de observarlo. Nos retiramos de él un momento
para curiosear por el entorno y para concluir que no merece la pena continuar por
el sendero más escondido. Regresamos al camino para volver a cruzar el estanque
y comprobamos que el sapo ya no está en el mismo punto, sino que avanza lenta e
ininterrumpidamente por la senda. Le seguimos el paso hasta que se aparta a un
lado del camino en un clareo de la vegetación. Seguimos nuestra marcha.
Deshacemos el camino hasta la
bifurcación que sale desde el Albergue. Ahora sí, tomamos la senda en dirección
Noroeste hacia el Puntal de la Castellana. Esta senda es la Pista de las
Moratillas, a lo largo de la cual se observa una extensa pinada acompañada por
festuca, altos matorrales de brezos, plantas de romero y tomillo. A mitad del
camino entre la bifurcación y el Aula de Naturaleza de Moratillas paramos para
comer. Después de los bocadillos y los imprescindibles frutos secos disfrutamos
del silencio acompañados por el aroma del romero que irremediablemente hemos
estimulado a sentarnos sobre ellos. Descasamos tumbados rodeados de las plantas
de festuca mientras estas acarician el viento con sus suaves penachos. No hay
prisa: estamos a 630 metros de altitud y la luz parece ser diferente a la de la ciudad, como
si nunca fuera a anochecer, como si este día no fuera a terminar.
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