domingo, 19 de enero de 2014

Una excursión cualquiera.


Dejamos la autovía de Madrid en la salida de  Buñol. A partir de aquí seguimos la señalización por las numerosas rotondas hacia Yátova. Una vez cruzada esta localidad observamos a lo largo de la cuneta los diferentes mojones que marcan el primer, el segundo y los sucesivos quilómetros de la CV-429. Avanzamos por este serpenteante camino atravesando el Rincón del Nano con una velocidad prudencial hasta llegar al quilómetro 19. En este punto nos encontramos con una serie de casas a ambos lados de la carretera. Un poco más hacia delante tomamos una salida a la derecha por una pista asfaltada que nos lleva a Mijares, localidad cuyo nombre procede del río que nace a pocos quilómetros de aquí y que linda en su parte Sur con el Cerro de Galón.

Nos detenemos en la primera zona despejada que encontramos para dejar el coche durante el día sin molestar. Desde este punto se observan dos caminos: uno hacia el Oeste y otro hacia el Sur que se adentra en la zona residencial. Antes de tomar este último, nos abrigamos e incluso guardamos en la mochila la manta que siempre llevo en el maletero. En estos momentos estamos a siete grados. Al salir de casa estábamos a diecisiete grados pero la temperatura ha ido bajando conforme nos adentrábamos en la Hoya de Buñol. De hecho, desde que pasamos Yátova hemos visto que sobre las montañas descansa una bruma grisácea y a la que nos hemos ido acercando. Ahora estamos en medio de esa neblina y el frío se acentúa por el viento.

Es domingo por la mañana, no hay coches aparcados ni gente fuera de las casas. Frente a algunas de estas hay montones de arena, grava y bloques de ladrillos. Finalmente nos ponemos en marcha aún con dudas de si encontraremos el Albergue Mijares como punto de partida. Al atravesar Mijares encontramos una mujer detrás de la verja que delimita su casa y su austero campo. Saludamos y preguntamos por el Albergue.

-         -  Está más hacia delante siguiendo este camino. Pero ya no está abierto -nos contesta.

La calle asfaltada de Mijares se convierte en un camino terroso y estrecho. A nuestra izquierda se aprecia la vegetación de ribera, sobretodo matorrales y zarzas. Al final del camino se encuentra lo que debió ser el Albergue Mijares. Justo antes de llegar al edificio, reciben al visitante una caseta y un paellero con un horno de piedra incluido. El camino termina y se abre a la entrada del Albergue. Desde la blanca fachada de dos plantas de la Finca Mijares sobresale un porche apoyado por cinco columnas rectangulares. Las ventanas, la puerta principal y la del primer piso, que da paso a la superficie superior del porche a modo de terraza, están adornadas con marcos de escayola con floreados relieves. Entre el edificio y el paellero, en la parte posterior, existe un reservado tapizado y cubierto por ramas secas de viejas enredaderas. En su interior aún existe un maltrecho butacón de mimbre en el que, en su momento, los visitantes descansarían y se refugiarían del calor durante los veranos. Desde el Oeste de la casa nace un camino que a pocos metros se bifurca en dos: uno en dirección Noroeste y otro en dirección Oeste, paralelo al río. Tomamos este último, a lo largo del cual los chopos se muestran desnudos de hojas que yacen secas sobre la ribera y sobre los restos de una vieja casa cuyas paredes están desprovistas de la blanca cal y deja al descubierto las piedras rodadas que aún se mantienen en la verticalidad de los muros. A continuación, se extiende una explanada cubierta de pasto sobre la que cae la suave luz de enero dándole un color blanquecino al campo. Nos detuvimos y aprovechamos para tomar unas fotos retozando sobre el suave pastizal.

No son muchas las curiosidades que se pueden comentar de este trayecto, solamente que el camino, bordeado en algunos tramos por enebros, va alejándose del curso de agua y que nos volvemos a cruzar con otra casa abandonada. Esta más grande que la anterior, con una primera planta y con muy pocas y pequeñas ventanas. Más tarde encontramos el nacimiento del río Mijares que surge de grandes losas de roca grisácea donde el agua reposa en un pequeño estanque antes de escurrirse entre piedras y tierra definiendo poco a poco el cauce del río. El estanque es de agua fresca y limpia y en él descansa un gran número de ranas verdes. La mayoría de ellas permanecen inmóviles, mientras que las menos caminan por el fondo y otras dos se encuentran una sobre la otra. Atravesamos el estanque por el sendero que continúa por el otro lado pero que a pocos metros se estrecha y complica. En este punto nos sorprende un gran sapo común de color arenoso, piel verrugosa, ojos rojizos y pupilas transversales. El asustado animal permanece petrificado esperando a que nos aburramos de observarlo. Nos retiramos de él un momento para curiosear por el entorno y para concluir que no merece la pena continuar por el sendero más escondido. Regresamos al camino para volver a cruzar el estanque y comprobamos que el sapo ya no está en el mismo punto, sino que avanza lenta e ininterrumpidamente por la senda. Le seguimos el paso hasta que se aparta a un lado del camino en un clareo de la vegetación. Seguimos nuestra marcha.

Deshacemos el camino hasta la bifurcación que sale desde el Albergue. Ahora sí, tomamos la senda en dirección Noroeste hacia el Puntal de la Castellana. Esta senda es la Pista de las Moratillas, a lo largo de la cual se observa una extensa pinada acompañada por festuca, altos matorrales de brezos, plantas de romero y tomillo. A mitad del camino entre la bifurcación y el Aula de Naturaleza de Moratillas paramos para comer. Después de los bocadillos y los imprescindibles frutos secos disfrutamos del silencio acompañados por el aroma del romero que irremediablemente hemos estimulado a sentarnos sobre ellos. Descasamos tumbados rodeados de las plantas de festuca mientras estas acarician el viento con sus suaves penachos. No hay prisa: estamos a 630 metros de altitud y la luz parece ser diferente a la de la ciudad, como si nunca fuera a anochecer, como si este día no fuera a terminar.

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