Dejamos la autovía de Madrid en
la salida de Buñol. A partir de aquí
seguimos la señalización por las numerosas rotondas hacia Yátova. Una vez
cruzada esta localidad observamos a lo largo de la cuneta los diferentes
mojones que marcan el primer, el segundo y los sucesivos quilómetros de la
CV-429. Avanzamos por este serpenteante camino atravesando el Rincón del Nano con
una velocidad prudencial hasta llegar al quilómetro 19. En este punto nos
encontramos con una serie de casas a ambos lados de la carretera. Un poco más
hacia delante tomamos una salida a la derecha por una pista asfaltada que nos lleva
a Mijares, localidad cuyo nombre procede del río que nace a pocos quilómetros
de aquí y que linda en su parte Sur con el Cerro de Galón.
Nos detenemos en la primera zona
despejada que encontramos para dejar el coche durante el día sin molestar. Desde
este punto se observan dos caminos: uno hacia el Oeste y otro hacia el Sur que
se adentra en la zona residencial. Antes de tomar este último, nos abrigamos e
incluso guardamos en la mochila la manta que siempre llevo en el maletero. En
estos momentos estamos a siete grados. Al salir de casa estábamos a diecisiete
grados pero la temperatura ha ido bajando conforme nos adentrábamos en la Hoya
de Buñol. De hecho, desde que pasamos Yátova hemos visto que sobre las montañas
descansa una bruma grisácea y a la que nos hemos ido acercando. Ahora estamos
en medio de esa neblina y el frío se acentúa por el viento.
Es domingo por la mañana, no hay coches
aparcados ni gente fuera de las casas. Frente a algunas de estas hay montones de
arena, grava y bloques de ladrillos. Finalmente nos ponemos en marcha aún con
dudas de si encontraremos el Albergue Mijares como punto de partida. Al atravesar
Mijares encontramos una mujer detrás de la verja que delimita su casa y su
austero campo. Saludamos y preguntamos por el Albergue.
- - Está más hacia delante siguiendo este camino.
Pero ya no está abierto -nos contesta.
La calle asfaltada de Mijares se
convierte en un camino terroso y estrecho. A nuestra izquierda se aprecia la
vegetación de ribera, sobretodo matorrales y zarzas. Al final del camino se
encuentra lo que debió ser el Albergue Mijares. Justo antes de llegar al
edificio, reciben al visitante una caseta y un paellero con un horno de piedra incluido.
El camino termina y se abre a la entrada del Albergue. Desde la blanca fachada de
dos plantas de la Finca Mijares sobresale un porche apoyado por cinco columnas
rectangulares. Las ventanas, la puerta principal y la del primer piso, que da
paso a la superficie superior del porche a modo de terraza, están adornadas con
marcos de escayola con floreados relieves. Entre el edificio y el paellero, en
la parte posterior, existe un reservado tapizado y cubierto por ramas secas de viejas
enredaderas. En su interior aún existe un maltrecho butacón de mimbre en el que, en su momento, los visitantes descansarían y se refugiarían del calor durante
los veranos. Desde el Oeste de la casa nace un camino que a pocos metros se
bifurca en dos: uno en dirección Noroeste y otro en dirección Oeste, paralelo
al río. Tomamos este último, a lo largo del cual los chopos se muestran
desnudos de hojas que yacen secas sobre la ribera y sobre los restos de una
vieja casa cuyas paredes están desprovistas de la blanca cal y deja al
descubierto las piedras rodadas que aún se mantienen en la verticalidad de los
muros. A continuación, se extiende una explanada cubierta de pasto sobre la que
cae la suave luz de enero dándole un color blanquecino al campo. Nos detuvimos
y aprovechamos para tomar unas fotos retozando sobre el suave pastizal.
No son muchas las curiosidades
que se pueden comentar de este trayecto, solamente que el camino, bordeado en
algunos tramos por enebros, va alejándose del curso de agua y que nos volvemos
a cruzar con otra casa abandonada. Esta más grande que la anterior, con una primera
planta y con muy pocas y pequeñas ventanas. Más tarde encontramos el nacimiento
del río Mijares que surge de grandes losas de roca grisácea donde el agua reposa
en un pequeño estanque antes de escurrirse entre piedras y tierra definiendo
poco a poco el cauce del río. El estanque es de agua fresca y limpia y en él
descansa un gran número de ranas verdes. La mayoría de ellas permanecen
inmóviles, mientras que las menos caminan por el fondo y otras dos se
encuentran una sobre la otra. Atravesamos el estanque por el sendero que
continúa por el otro lado pero que a pocos metros se estrecha y complica. En
este punto nos sorprende un gran sapo común de color arenoso, piel verrugosa, ojos
rojizos y pupilas transversales. El asustado animal permanece petrificado
esperando a que nos aburramos de observarlo. Nos retiramos de él un momento
para curiosear por el entorno y para concluir que no merece la pena continuar por
el sendero más escondido. Regresamos al camino para volver a cruzar el estanque
y comprobamos que el sapo ya no está en el mismo punto, sino que avanza lenta e
ininterrumpidamente por la senda. Le seguimos el paso hasta que se aparta a un
lado del camino en un clareo de la vegetación. Seguimos nuestra marcha.
Deshacemos el camino hasta la
bifurcación que sale desde el Albergue. Ahora sí, tomamos la senda en dirección
Noroeste hacia el Puntal de la Castellana. Esta senda es la Pista de las
Moratillas, a lo largo de la cual se observa una extensa pinada acompañada por
festuca, altos matorrales de brezos, plantas de romero y tomillo. A mitad del
camino entre la bifurcación y el Aula de Naturaleza de Moratillas paramos para
comer. Después de los bocadillos y los imprescindibles frutos secos disfrutamos
del silencio acompañados por el aroma del romero que irremediablemente hemos
estimulado a sentarnos sobre ellos. Descasamos tumbados rodeados de las plantas
de festuca mientras estas acarician el viento con sus suaves penachos. No hay
prisa: estamos a 630 metros de altitud y la luz parece ser diferente a la de la ciudad, como
si nunca fuera a anochecer, como si este día no fuera a terminar.
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