Conseguiré aliviar el picor de pies cuando llegue a casa. Allí me
descalzaré y frotaré mis pies lentamente sobre la rugosa alfombrilla de la
habitación durante unos minutos. En una palancana verteré agua caliente y
disolveré en ella aquellas sales aromáticas que me regalaron años atrás. Pondré
la palancana en el suelo de la cocina y, yo sentado frente a ella, meteré los
pies. Pisaré las sales aún no disueltas y las presionaré para que
definitivamente se deshagan y entren en efervescencia. Ascenderá el aroma a lavanda,
lo aspiraré y me relajaré moviendo los dedos. Luego, el efecto de las sales se
desvanecerá y de nuevo reaparecerá el picor de las plantas de los pies. Volveré
a calentar más agua. Mientras tanto me sentaré de nuevo frente a la palancana. Mantendré
un pie sumergido en el agua tibia al tiempo que acariciaré la planta del otro
pie. Las yemas de mis dedos se deslizarán a lo largo del pie, hacia arriba y
hacia abajo, una y otra vez. Luego haré lo mismo con el otro pie, siempre con
un pie bajo el agua. Recordaré el agua en el fuego. Tiraré el agua fría de la
palancana por la pila y verteré la caliente. No volveré a añadir las sales,
sino que directamente sumergiré los pies en el agua caliente. Demasiado caliente.
Me abrasaré los pies y del shock empujaré la palancana derramando el agua sobre
el suelo de la cocina. Intentaré incorporarme para retirar el agua con la
fregona pero los pies estarán enrojecidos y escaldados. Me sentaré de nuevo en
la silla y acariciaré una y otra vez cada pie. Al cabo de unos minutos se
formaran ampollas en las plantas y las caricias no sofocarán el creciente
picor. Presionaré las yemas de los dedos sobre la planta de los pies evitando
las ampollas. El picor desaparecerá momentáneamente pero en ese movimiento una
de mis uñas rozará una de las ampollas y la estallará. El viscoso líquido que
la rellenaba se esparcirá por mi pie y extrañamente me aliviará el picor en la
zona humedecida. Mis uñas sustituirán a mis yemas y me rascaré los pies sin
temor a levantar las ampollas. En varios barridos, mis uñas romperán todas las
ampollas de un pie y luego las del otro. El plasma amarillento cubrirá toda la
planta y me dará una agradable sensación de frescor muy parecida a la del baño
con sales. El picor volverá a aparecer a medida que el líquido se evapore y
volveré a rascarme entonces con mayor intensidad. El suelo seguirá encharcado
de agua y me acercaré a la pila apoyando únicamente los talones para rellenar
de nuevo la palancana. El agua estará fría y no servirá para aplacar el picor. Rascaré
entonces más intensamente uno y otro pie alternándolo con el baño de agua y mis
uñas arrastrarán la débil y fina piel enrojecida de la planta. Mis uñas
desprenderán pedazos de piel hasta que la carne ensangrentada quede totalmente al
descubierto. Entonces, la calidez de la sangre aliviará el picor y mis dedos explorarán
cada fascículo muscular, entrarán entre los músculos, comprobarán los puntos de
unión con los huesos y frotarán los tendones para descubrir su color blanquecido.
Arrancaré cada músculo del pie y los dejaré caer en la palancana que se llenará
de sangre y pedazos de carne. Querré lavarme los pies en agua limpia pero no
podré alcanzar la pila porque los talones ya no soportarán mi peso. Entonces aún
quedará el charco de agua y mojaré los pies en la poca agua que quede. Se descubrirán
los pequeños huesos del pie y observaré que estos estarán cubiertos de una
película verdosa, parecido a una capa de moho. Mis huesos estarán infectados
por un extraño hongo y querré rascarlo con las uñas. El moho se incrustará en
mis uñas y poco a poco iré desprendiendo el hongo de mis pies. Por fin podré
eliminar el picor de los pies si entonces en la cocina no bajase la temperatura
y no me temblase todo el cuerpo.
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