miércoles, 23 de abril de 2014

Picores



Conseguiré aliviar el picor de pies cuando llegue a casa. Allí me descalzaré y frotaré mis pies lentamente sobre la rugosa alfombrilla de la habitación durante unos minutos. En una palancana verteré agua caliente y disolveré en ella aquellas sales aromáticas que me regalaron años atrás. Pondré la palancana en el suelo de la cocina y, yo sentado frente a ella, meteré los pies. Pisaré las sales aún no disueltas y las presionaré para que definitivamente se deshagan y entren en efervescencia. Ascenderá el aroma a lavanda, lo aspiraré y me relajaré moviendo los dedos. Luego, el efecto de las sales se desvanecerá y de nuevo reaparecerá el picor de las plantas de los pies. Volveré a calentar más agua. Mientras tanto me sentaré de nuevo frente a la palancana. Mantendré un pie sumergido en el agua tibia al tiempo que acariciaré la planta del otro pie. Las yemas de mis dedos se deslizarán a lo largo del pie, hacia arriba y hacia abajo, una y otra vez. Luego haré lo mismo con el otro pie, siempre con un pie bajo el agua. Recordaré el agua en el fuego. Tiraré el agua fría de la palancana por la pila y verteré la caliente. No volveré a añadir las sales, sino que directamente sumergiré los pies en el agua caliente. Demasiado caliente. Me abrasaré los pies y del shock empujaré la palancana derramando el agua sobre el suelo de la cocina. Intentaré incorporarme para retirar el agua con la fregona pero los pies estarán enrojecidos y escaldados. Me sentaré de nuevo en la silla y acariciaré una y otra vez cada pie. Al cabo de unos minutos se formaran ampollas en las plantas y las caricias no sofocarán el creciente picor. Presionaré las yemas de los dedos sobre la planta de los pies evitando las ampollas. El picor desaparecerá momentáneamente pero en ese movimiento una de mis uñas rozará una de las ampollas y la estallará. El viscoso líquido que la rellenaba se esparcirá por mi pie y extrañamente me aliviará el picor en la zona humedecida. Mis uñas sustituirán a mis yemas y me rascaré los pies sin temor a levantar las ampollas. En varios barridos, mis uñas romperán todas las ampollas de un pie y luego las del otro. El plasma amarillento cubrirá toda la planta y me dará una agradable sensación de frescor muy parecida a la del baño con sales. El picor volverá a aparecer a medida que el líquido se evapore y volveré a rascarme entonces con mayor intensidad. El suelo seguirá encharcado de agua y me acercaré a la pila apoyando únicamente los talones para rellenar de nuevo la palancana. El agua estará fría y no servirá para aplacar el picor. Rascaré entonces más intensamente uno y otro pie alternándolo con el baño de agua y mis uñas arrastrarán la débil y fina piel enrojecida de la planta. Mis uñas desprenderán pedazos de piel hasta que la carne ensangrentada quede totalmente al descubierto. Entonces, la calidez de la sangre aliviará el picor y mis dedos explorarán cada fascículo muscular, entrarán entre los músculos, comprobarán los puntos de unión con los huesos y frotarán los tendones para descubrir su color blanquecido. Arrancaré cada músculo del pie y los dejaré caer en la palancana que se llenará de sangre y pedazos de carne. Querré lavarme los pies en agua limpia pero no podré alcanzar la pila porque los talones ya no soportarán mi peso. Entonces aún quedará el charco de agua y mojaré los pies en la poca agua que quede. Se descubrirán los pequeños huesos del pie y observaré que estos estarán cubiertos de una película verdosa, parecido a una capa de moho. Mis huesos estarán infectados por un extraño hongo y querré rascarlo con las uñas. El moho se incrustará en mis uñas y poco a poco iré desprendiendo el hongo de mis pies. Por fin podré eliminar el picor de los pies si entonces en la cocina no bajase la temperatura y no me temblase todo el cuerpo. 

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