Enrique y Marta solían ir de
excursión, al menos una vez al mes. Era una costumbre que Enrique había conseguido
tras mucha insistencia. Después de cuatro años habían recorrido gran parte de
la provincia y no era raro que repitieran destinos, aunque en estas ocasiones solían
tomar sendas alternativas. En una de esas veces, Marta propuso ir de nuevo al
Parque de los Arces. Era otoño y Marta deseaba ver cómo las hojas de estos árboles
cambiaban su color verdoso a uno más anaranjado.
Esta vez lograron levantarse
bastante temprano. Tenían que recorrer unos doscientos quilómetros hasta llegar
al parque natural. Desayunaron ligeramente y Enrique preparó el almuerzo.
Cogieron el coche y salieron de la ciudad dirección norte. Una vez alcanzada la
autovía Enrique conectó la radio. Retransmitían las noticias y los resultados
de fútbol del día anterior. Marta cambió de emisora.
Al llegar a la salida 47, Enrique
abandonó la autovía, bordeó diferentes rotondas y tomó la carretera que se
dirigía hacia el punto de recepción del parque. En ese punto, la carretera se
bifurcaba y un gran panel informativo indicaba la dirección hacia el inicio de
la senda y el desvío hacia el parking.
-Enrique, continúa mejor por la
pista forestal para llegar al principio de la senda Oeste- le indicó Marta.
Dejaron atrás el parking y continuaron
por un estrecho camino tapizado de pequeñas piedras blancas aplastadas contra
el arenoso suelo. Enrique observaba a través del retrovisor interior que una
espesa polvareda blanquecina se levanta tras ellos. Redujo la velocidad. A su
derecha, el camino discurría paralelamente a un pequeño río que se escondía y
aparecía intermitentemente entre los matorrales de madroños, enebros y jara. A
su izquierda, el camino estaba flanqueado por la blanquecina ladera de la
montaña. Marta bajó la ventanilla y se asomó para comprobar si los arces ya
habían empezado a cambiar de color, pero ese otoño estaba siendo más cálido y
más seco de lo habitual. Continuaron avanzando: señales de precaución, conos
naranjas y una máquina apisonadora. De pronto, el coche empezó a temblar. Enrique
comprobó que ya no se levantaba polvo pero que el suelo estaba cubierto de piedras
más grandes. Redujo de nuevo la velocidad y la marcha.
-¿No es mejor que paremos por
aquí y continuemos andando?- le dijo Enrique a Marta que aún miraba
decepcionada por la ventana.
-El principio del sendero aún
queda lejos. Si vamos andando se nos hará de noche antes de llegar.
-¿No te acuerdas de la última vez
que vinimos? El camino estaba igual que ahora- le reprochó Enrique.
-No sé… lo que quieras, pero…
El coche seguía traqueteando
sobre el pedregoso suelo. Enrique apagó la radio y levantó un poco más el pie del
acelerador. Mientras avanzaban, Enrique miraba a un lado y a otro de la pista. Bajó
su ventanilla. El traqueteo del coche cada vez era más acusado y avanzaban con
mayor lentitud. Enrique redujo finalmente a la primera marcha. A unos metros más adelante se
descubrió una pequeña explanada donde ya había un coche aparcado. Enrique
dirigió el coche hacia ella, paró el motor, subió su ventanilla, cogió la
mochila del asiento trasero y salieron del coche.
Bordeando la orilla del río, Enrique
y Marta, un par de metros por detrás, continuaron andando con dificultad por la
ascendente pista empedrada sin decir una palabra. En sus pasos, Enrique apoyó
un pie en una piedra redondeada que se tambaleó y le hizo perder el equilibrio casi hasta doblarse el
tobillo. Se detuvo en medio del camino y cogió una de las grandes piedras del
suelo. La sopesó torpemente entre sus manos, la alzó por encima de su cabeza y la
estrelló contra el suelo a pocos centímetros de sus pies. Ahora Enrique respiró
profundamente y cogió una piedra más pequeña. Separó sus piernas, retrocedió la
mano que agarraba la piedra mientras que la otra apuntaba hacia la ladera de la
montaña. El brazo retrasado y la cadera describieron un movimiento semicircular
y en el último impulso Enrique lanzó a gran velocidad la piedra hacia la
ladera. La piedra estalló en múltiples fragmentos al impactar con una roca. Enrique
se giró y vio a Marta de pie con los brazos caídos mientras lo observaba
fijamente. Enrique dio la espalda a la montaña y se giró hacia el río, se
agachó y sin apartar la vista de la centelleante superficie del agua palpó el
suelo. Cogió una piedra aplanada y la rodó entre sus dedos índice y pulgar
acariciándola. Aún en cuclillas, inspiró, hinchó su pecho y lanzó suavemente la
piedra a menos de un metro de él. No llegó al agua. Enrique permaneció en la
misma posición unos segundos más mientras contemplaba la masa verdosa del
bosque salpicada de unos pocos árboles anaranjados. Se giró hacia Marta y caminó
hasta ella.
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