miércoles, 30 de abril de 2014

Instinto

Nos lamentamos, hipócritas, de no haberlo visto venir. Nos parecía gracioso que se frotara contra el aparador del salón, que se acostara sobre el escritorio de los niños, que acariciase las puertas y hasta que aspirase el olor del barniz mientras se abrazaba a las patas de la mesa. Sin embargo, fue más extraño cuando ayer se afiló los dientes con la chaira. Ahora nos encontramos con el baño inundado de agua y una barricada de muebles despedazados alrededor. Está claro que no se puede tener un castor como mascota.

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