Nos lamentamos, hipócritas, de no
haberlo visto venir. Nos parecía
gracioso que se frotara contra el aparador del salón, que se acostara sobre el
escritorio de los niños, que acariciase las puertas y hasta que aspirase el
olor del barniz mientras se abrazaba a las patas de la mesa. Sin embargo, fue
más extraño cuando ayer se afiló los dientes con la chaira. Ahora nos
encontramos con el baño inundado de agua y una barricada de muebles
despedazados alrededor. Está claro que no se puede tener un castor como
mascota.
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