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Todos tenemos aficiones: a algunos les gusta
hacer deporte, a otros coleccionar cromos, construir maquetas o pintar cuadros.
Yo soy algo más convencional, más clásico. Me gusta matar gente. No me miren
así. No es algo tan raro -anunció el eminente Dr. Manzini.
El auditorio de la Universidad de
Pensilvania estaba completamente lleno. El Dr. Manzini, hábil en los discursos,
mantuvo una pausa durante unos segundos y en la sala reinó el silencio. El Dr.
Manzini siguió hablando:
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Disculpen pero era necesario captar la atención
de la audiencia. Así que comenzaré mi seminario sobre “La conducta humana
frente al miedo”. En primer lugar, mi teoría es que todo el mundo tiene miedo. Sin
embargo, este solamente se manifiesta con uno o varios estímulos determinados
para cada individuo.
En sus conferencias, el Dr.
Manzini insinuaba fuerza, credibilidad y entusiasmo con sencillos movimientos
de manos y miradas severas y profundas. Su voz era suave y fluida pero alzaba
su tono para aumentar el impacto de las imágenes que mostraba en la pantalla de
personas, por ejemplo, rodeadas de arañas, al borde de un precipicio, frente a
una serpiente, a solas en medio de un oscuro bosque o incluso imágenes de cuerpos
arrollados por un tren o mutilados. Mientras hablaba solía repartir la mirada
por todo el auditorio que normalmente quedaba a oscuras a excepción de las dos
primeras filas, estas más iluminadas por los focos del estrado. Aquel día, el
Dr. se fijó concretamente en tres personas. En el medio de la primera fila
estaba sentada una joven estudiante de pelo rubio, largo y ondulado, de ojos
claros y con un vestido aparentemente suave que insinuaba su preciosa figura.
La joven no paraba de tomar anotaciones en un pequeño cuaderno. En la misma fila
pero cerca del pasillo se encontraba un hombre de color con sus musculosos
brazos cruzados sobre su amplio pecho que miraba intensamente al ponente y que
ocasionalmente bajaba la mirada como si reflexionase sobre alguna afirmación del
seminario. Por último, sobre un asiento de la segunda fila reposaba un fatigado
y obeso hombre canoso, con barba y con los ojos tan pequeños y rasgados que parecía
tenerlos cerrados. A lo largo de la charla, el doctor notó que estas tres
personas no mostraban ningún tipo de emoción y esto le captó el mayor interés. Posiblemente,
la estudiante apenas reparó en las imágenes debido a su obsesión por escribirlo
todo; el hombre musculoso debía de ser un ex militar acostumbrado a todo tipo
de barbaries y el obeso seguramente fuera un amante del gore. Sin embargo, el
Dr. Manzini sentía un gran deseo de comprobar su teoría con ellos.
Una semana después, en la
Universidad de Harvard, el reconocido Dr. Manzini mostró nuevas imágenes que no
dejaron indiferente a nadie: el cuerpo de una mujer rubia completamente
despellejada, un hombre de color colgado de sus manos y abierto en canal y otro
más grueso tumbado boca-arriba ensangrentado y cubierto de hambrientas ratas.
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