viernes, 30 de noviembre de 2012

El regreso


Del bosque de pinos emergían prominentes rocas calizas por la que planeaban dos buitres dibujando elipses y círculos imperfectos. La ladera, que al mediodía estaba inundada por la luz anaranjada de un día de otoño, estaba desapareciendo bajo la sombra de la montaña de enfrente. Eran las cinco de la tarde y empezaba a hacer frío. Nick y Oli pararon un momento. Nick levantó su hombro derecho para sacar el brazo izquierdo del asa de la mochila. La mochila se balanceó por su espalda. Con la mano izquierda cogió el asa superior de la mochila, retiró el otro brazo y la dejó caer sobre sus pies. Deslizó la cremallera y apartó hacia un lado la pequeña bolsa donde guardaba tres ramas de romero que había cogido más arriba de la montaña. Nick palmeó el fondo de la mochila y en un rincón tropezó con lo que buscaba. Sacó sus prismáticos enfundados. Volvió a cerrar la mochila y la aseguró sobre su espalda. Nick levantó la vista en busca de los buitres mientras retiraba el belcro de la funda que guardó en el bolsillo del pantalón. Uno de los dos buitres desapareció tras un pico y el otro se fue acercando a él con cada circunferencia que cerraba en su vuelo. Con los prismáticos pudo diferenciar que el borde de sus alas estaba más oscurecido que el color pardo de su cuerpo. Le temblaba el pulso. La calma de su vuelo se interrumpía con cada leve movimiento de los prismáticos. Separó las piernas a la anchura de sus hombros y reposó su peso en cada pierna. Erguido, separó y acomodó los hombros para que la mochila bajase y se acoplase a la curva de su espalda. Levantó los codos simétricamente, inspiró profundamente y retuvo el aire. La imagen del buitre en el cielo se estabilizó, y entonces espiró imperceptiblemente. El buitre alternaba su vuelo circular con movimientos elípticos. Pensó que la naturaleza no es perfecta. Si aquellos buitres tuvieran conciencia podrían decidir si hacer unas circunferencias perfectas.

La pista forestal descendía escavada en el suelo calizo del bosque hacia una zona más frondosa y húmeda. El agua rezumaba de las rocas que flanqueaban el camino. Las paredes del camino mostraban zonas más oscuras. La humedad envolvía las rocas y se precipitaban gotas de agua hacia el suelo polvoriento. A lo largo del camino vieron tres sapos aplastados. Debieron de confiar que en el camino debía de haber agua y que no circulaban coches como más arriba, bajo la pinocha y entre los helechos del bosque. En aquella parte del bosque no se descubrían las rocas desnudas ni los buitres. Solamente se escuchaba el fluir del agua sobre las piedras y un canto parecido a un corto cacareo, pero menos agudo, de algún pájaro. El avance por la pista descendente conducía a una zona en la que la ladera izquierda desaparecía y se hacía visible un pequeño valle cubierto de una vegetación más seca. Los pinos dominaban el paisaje entre los que, muy de cuando en cuando, quedaba salpicado por una mancha anaranjada y rojiza de algún arce y por los enormes y blancos troncos de otros pinos de copa más abierta y robustas ramas horizontales, en cuyos extremos se aglutinaban densos penachos de acículas. En el exterior de una curva de la pista un par de esbeltos cipreses se mantenían aislados pero orgullosos de ser los únicos de ese tramo. Alguna que otra rareza más se encontraron Nick y Oli. Un pequeño tejo cubierto de tantas hojas que apenas dejaba mostrar su negro tronco, adornado por una enredadera de hojas palmeadas colgada de su ápice. En un tramo encontraron en el suelo unos pocos frutos del madroño: rojizos, esféricos, cubiertos con una piel erizada. Nick cogió torpemente uno de ellos entre los dedos. El tierno fruto se agrietó y entre las ranuras surgió una masa tierna anaranjada.

-          ¿No se le llama emborrachacabras?- dijo Oli -Será venenoso por eso.

Nick se acercó el fruto a la nariz. No diferenció ningún olor. Aplastó un poco más el fruto y retiró la mitad que se había descolgado. Se lo acercó a la lengua. Su sabor no era agrio, pero sí era intenso y algo ácido. Aparentemente no podía ser tóxico.

-          ¿No es con este fruto con el que hacen el licor de endrinas?- dijo Nick intentando recodar el sabor de la bebida.

Más confiado, lo probó atrapando entre sus labios un pedazo del fruto. Era suave, dulce y blando como un caqui, pero pastoso como un plátano. Estaba bueno, pero el resto del fruto lo tiró al suelo. Si realmente era emborrachacabras no quería probar más.

Continuaron el camino de regreso hacia el punto en el que dejaron el coche al mediodía. El silencio se interrumpía por el ruido de sus pasos que aplastaban y retorcían las pequeñas piedras blancas contra el suelo empolvado de la pista forestal. La pista recorría paralelamente el cauce de un rio seco salpicado de grandes rocas y que dibujaba una senda alternativa. A la derecha del sendero, las plantas se habían quedado recluidas a una estrecha franja limitada por el cauce y la pista. A lo largo de la parte izquierda, el matorral mediterráneo daba pie al desarrollo de una frondosa masa de pinos de halepo y de helechos. El romero se mostraba más esbelto y ramificado que en otras zonas, y sus hojas aciculares estaban más separadas de nudo a nudo. El tomillo, más enano, se arrastraba a los pies del romero. El color verde oscuro estaba enmascarado por una capa grisácea del polvo que se levantaba desde el camino por el intermitente paso de los coches. Oli se agachó frente a una pequeña planta de romero. Colocó sus dedos sobre la base de la planta, lo más cerca del suelo y estiró hacia ella. La pequeña planta fue arrancada sin mucho esfuerzo con una raíz acortada.

-          La sembraremos en nuestra jardinera- dijo Oli.

Nick intentó lo mismo con otra planta ante la posibilidad de que la primera no agarrara. Escogió una menos pequeña de lo que él hubiera deseado. Repitió la misma operación que Oli. Sus dedos abrazaron la planta, la movió circularmente y la tierra de su alrededor se desgranó. Estiró la planta hacia él sin demasiada fuerza y notó que una tensión se rompió. Nick descendió un poco más sus dedos aprovechando la parte de la planta que había quedado al descubierto por el estirón. La movió de un lado a otro y tiró de ella. De nuevo otra tensión se deshizo. La tierra se pulverizó y las raíces más fuertes aparecieron. Nick no pudo evitar que las finas raíces que se ramificaban de las principales se rompiesen. Alrededor de la planta se levantaron pequeñas piedras y quedó un boquete visiblemente delator. Nick recogió la planta arrancada envolviéndola en su mano derecha y con la otra cubrió el hueco con tierra. Se descolgó la mochila y guardó las dos pequeñas plantas en la bolsa junto con las tres ramas de romero.

Aparecieron más buitres en el cielo. Nick y Oli se quedaron mirándolos en un silencio seguramente parecido al que debían sentir esas aves en su vuelo. Contaron siete buitres y ningún sonido. Son pájaros pacientes y concienzudos en su tarea. Conscientes de que eran muchos buitres buscando en la misma zona, dos de ellos se apartaron del grupo y se alejaron con un vuelo directo. Detrás de Nick y Oli se escuchó el ruido de piedras pisadas y retorcidas contra el suelo como el que ellos hacían al andar, pero más fuerte y continuo. Se acercaban dos coches todo-terreno. La pareja se apartó a la izquierda. Pensaron en la posibilidad de que alguno de los coches se parase y les ofrecieran sitio para el regreso. Miraron los coches, giraron la vista hacia el cielo y volvieron a mirar desinteresadamente al primer conductor acompañado por su familia. El segundo conductor les saludó con la mano. Nick y Oli regresaron al medio del camino y miraron el trasero del último coche.

-          Que tenéis sitio, cabrones- bromearon.

Si hubieran parado hubieran aceptado subir. Estaba oscureciendo y hacía más frio, sobretodo en la sombra, aunque ya estaban cerca de donde habían dejado el coche.

Dos grandes rocas en medio del cauce y un sendero que salía de él hacia la izquierda les indicó que ya estaban cerca del final del recorrido y de la comida, o ya merienda por la hora que era. Donde dejaron el coche seguían aparcados dos coches y la apisonadora. Hacía cinco años que hicieron el mismo camino pero las piedras eran más gruesas.

Nick sacó la llave del coche del bolsillo pequeño de la mochila. Oli abrió el maletero y sacó la bolsa de plástico donde guardaba la fiambrera y los trozos de queso. Quitó la bolsa del pan y lo llevaron todo a un lado de la montaña, cerca de la apisonadora. Se sentaron sobre una roca aplanada y elevada sobre el camino. La roca estaba húmeda por el musgo. Nick notó que su trasero se enfriaba y se acomodó desplazándose hacia el lado. Cogió la barra de pan y puso la hoja de la navaja sobre ella.

-          Quieres por aquí- le indicó a Oli el tamaño del bocadillo.

-          Por ahí o un poco más- respondió mirando la navaja.

A Nick le gustaba que Oli mostrara apetito. Le enternecía hacerle el bocadillo. Siempre se lo come con ilusión- pensó- como un niño que coge el almuerzo que le trae su abuelo a la puerta del colegio.

Cortó el pan por donde le indicó. Dejó el resto de la barra a su lado, sobre la bolsa de plástico. Con un profundo corte abrió el pan. La molla del pan estaba tierna y muy blanca. Vació de un pellizco las rebanadas de miga que apretó contra el pulgar. Luego se la comió. Oli abrió la fiambrera de la tortilla de puré de patata y zanahoria. Estaba deshecha. No fue una buena idea cuando Nick la hizo por la mañana. Tenía que aprovechar el puré del martes por la noche. Puso la fiambrera sobre su muslo izquierdo y con la navaja cogió algunos trozos de tortilla y los colocó más o menos ordenadamente en el pan abierto que sujetaba con la izquierda. Cerró el bocadillo y la presión empujó los trozos de tortilla hacia los extremos del pan. Con la hoja de la navaja escondió la mezcla. Le dio el bocadillo a Oli, que lo agarró firmemente con las dos manos. Por la mañana le había estropeado la excursión. Deseó que el hambre saciada amortiguara su enfado y que le perdonara. Cortó la barra en un trozo más pequeño para él mismo. Le gustaba darle a Oli más parte que la que él se quedaba.

-           Te has hecho un bocadillo más pequeño que el mío- le acusó Oli entre risas.

-          Es que luego cogeré más pan para el cabrales- le contestó Nick.

Nick Intentó acabar el resto de la tortilla en su bocata, pero aún quedaba para otro bocadillo más. Del camino de la izquierda apareció un todo-terreno de la Consellería de medio ambiente. Pensó en las plantas que habían arrancado. El conductor les saludó con la mano. Ellos le saludaron orgullosos desde su posición elevada. En la cabeza de Nick solamente escuchaba el masticar del pan y el jugo salivar.
-          Teníamos que haber traído el currículum para dárselo a éste- le dijo Nick a Oli, refiriéndome al conductor del todoterreno.

Su broma la entristeció. 

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