Aquel arma iba a ser disparada por segunda vez en esa misma habitación. Sus lágrimas caían con cada golpe arañado y agotado de su mujer, que desgarraba sus entrañas desde el otro lado de la puerta.
Una concha sobre su escritorio le llevó al primer día de playa de su hijo Miguel. Tendría poco más de un año, donde descubrió a puñados a qué sabía el mar, y su arena.
Ahora la bala rompe el cráneo. El tremendo dolor le seca los ojos y ensordece los golpes. Por fin, la bala borraría aquel recuerdo. Su hijo sobre una alfombra ensangrentada.
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