Aquella noche, celebraban el sueldo por el servicio en la dehesa de los Tena con un par de sardinas a compartir entre seis. El olor del pescado asado no atrajo a gato alguno, andaban avisados de los ladridos de Tarzán. Sin embargo, afuera y alejados del mastín, golpearon la ventana. Mi bisabuelo abrió la puerta desafiando la severa mirada de su mujer. Puede que esa noche mi abuela heredara el mismo don de ver los problemas en los ojos de quien asoma en puerta ajena.
Un gazpacho de tres tomates y pan duro, y las dos sardinas entre ocho fue la más generosa cena que aquella familia pudo ofrecer a quienes huían de la guadaña. Pero la muerte, vestida con capas verdes y sombreros de tres picos, pasó por el cortijo con su frecuencia semanal. El miedo en la mano de mi abuela sirvió un par de cafés con leche. Mientras, los primeros invitados huyeron. No se les volvió a ver. Únicamente Tarzán, días después, les dedicó un último ladrido antes de probar el pellejo de un conejo ensartado con clavos.
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