viernes, 18 de noviembre de 2011

Olvidando.

Ha sido una ceremonia muy corta. Antes de que se lleven el ataud al crematorio, comienza a sonar la canción que a mamá siempre le gustaba escuchar cuando quería recordar su playa. La gente se levanta y prudentemente se van acercando y con leves asentimientos de cabeza la saludan por última vez. Veo que papá se incorpora difícilmente, se apoya sobre mi hermana y se dirige hacia la cola. Vacilando, decido acompañar a aquel hombre que, con una irreversible locura que se comía su memoria cada año, dejó de ser mi padre. Me pongo a su lado, pero creo que no se ha dado cuenta. Mira a mamá, inexpresivo. En ese momento, de fondo suena:
…te vas, pensando en volver.
Eres como una mujer
perfumadita de brea
que se añora y que se quiere
que se conoce y se teme…
Observo su cara y me sorprende una lágrima que se pierde entre los pliegues de su vejez.
Me pregunto si aún la reconoce.

martes, 1 de noviembre de 2011

Después del beso.

Durante el curso, la veo en el recreo sentada en uno de los bancos del patio con las otras chicas del cole, sin jugar a nada, mirándonos y riéndose de quien sabe qué. Siempre tan, tan,…buff. Creo que la odio. Para el colmo, el último día de curso, al despedirnos, me besó. Se tuvo que reír de la cara que puse.

Ahora no dejo de preguntarme: ¿Se habrá ido de la ciudad? ¿Qué amigos tendrá? ¿Con quién se reirá? Seguro que de mí. Les contará a otras chicas lo tonto que fui.

Le dije a mi hermano lo del beso. Con una sonrisa y mirándome como si estuviera frente a un espejo, me dijo: Verdad que echas de menos aquellos días de recreo sin beso.

domingo, 23 de octubre de 2011

El último pensamiento.

Aquel arma iba a ser disparada por segunda vez en esa misma habitación. Sus lágrimas caían con cada golpe arañado y agotado de su mujer, que desgarraba sus entrañas desde el otro lado de la puerta.

Una concha sobre su escritorio le llevó al primer día de playa de su hijo Miguel. Tendría poco más de un año, donde descubrió a puñados a qué sabía el mar, y su arena.

Ahora la bala rompe el cráneo. El tremendo dolor le seca los ojos y ensordece los golpes. Por fin, la bala borraría aquel recuerdo. Su hijo sobre una alfombra ensangrentada.

sábado, 1 de octubre de 2011

Noche de rojos y verdes.

Aquella noche, celebraban el sueldo por el servicio en la dehesa de los Tena con un par de sardinas a compartir entre seis. El olor del pescado asado no atrajo a gato alguno, andaban avisados de los ladridos de Tarzán. Sin embargo, afuera y alejados del mastín, golpearon la ventana. Mi bisabuelo abrió la puerta desafiando la severa mirada de su mujer. Puede que esa noche mi abuela heredara el mismo don de ver los problemas en los ojos de quien asoma en puerta ajena.

Un gazpacho de tres tomates y pan duro, y las dos sardinas entre ocho fue la más generosa cena que aquella familia pudo ofrecer a quienes huían de la guadaña. Pero la muerte, vestida con capas verdes y sombreros de tres picos, pasó por el cortijo con su frecuencia semanal. El miedo en la mano de mi abuela sirvió un par de cafés con leche. Mientras, los primeros invitados huyeron. No se les volvió a ver. Únicamente Tarzán, días después, les dedicó un último ladrido antes de probar el pellejo de un conejo ensartado con clavos.