domingo, 23 de octubre de 2011

El último pensamiento.

Aquel arma iba a ser disparada por segunda vez en esa misma habitación. Sus lágrimas caían con cada golpe arañado y agotado de su mujer, que desgarraba sus entrañas desde el otro lado de la puerta.

Una concha sobre su escritorio le llevó al primer día de playa de su hijo Miguel. Tendría poco más de un año, donde descubrió a puñados a qué sabía el mar, y su arena.

Ahora la bala rompe el cráneo. El tremendo dolor le seca los ojos y ensordece los golpes. Por fin, la bala borraría aquel recuerdo. Su hijo sobre una alfombra ensangrentada.

sábado, 1 de octubre de 2011

Noche de rojos y verdes.

Aquella noche, celebraban el sueldo por el servicio en la dehesa de los Tena con un par de sardinas a compartir entre seis. El olor del pescado asado no atrajo a gato alguno, andaban avisados de los ladridos de Tarzán. Sin embargo, afuera y alejados del mastín, golpearon la ventana. Mi bisabuelo abrió la puerta desafiando la severa mirada de su mujer. Puede que esa noche mi abuela heredara el mismo don de ver los problemas en los ojos de quien asoma en puerta ajena.

Un gazpacho de tres tomates y pan duro, y las dos sardinas entre ocho fue la más generosa cena que aquella familia pudo ofrecer a quienes huían de la guadaña. Pero la muerte, vestida con capas verdes y sombreros de tres picos, pasó por el cortijo con su frecuencia semanal. El miedo en la mano de mi abuela sirvió un par de cafés con leche. Mientras, los primeros invitados huyeron. No se les volvió a ver. Únicamente Tarzán, días después, les dedicó un último ladrido antes de probar el pellejo de un conejo ensartado con clavos.