Otra vez la misma escena de siempre: su
cabeza inclinada hacia delante y los brazos cruzados sobre su pecho mientras sus estrechos hombros se agitaban nerviosamente; su flequillo le tapaba su fea cara que debía de sonrojarse y arrugarse; por su aguileña nariz lanzaba molestos
silbidos y todo su raquítico cuerpo temblaba.
Me acerqué a ella y la envolví con mis brazos. Le susurré que sentía haberla culpado
por lo de la mancha en el mantel, que no era para tanto, que la amaba y que siempre estaríamos juntos.
En mi pecho notaba como su respiración se agitaba y ella se estremecía cada vez más fuerte, hasta
que rompió en carcajadas.