-Desea lo de siempre, profesor.
- Hoy tomaré una tila, gracias. Ah, felicid…, creo que es tu
cumpleaños, no.
- Sí, profesor, ya dieciocho.
La joven se alejó y el profesor buscó en su chaqueta. Sacó
un pequeño estuche aterciopelado que protegió con sus manos mientras sus
pulgares jugaban a abrir y cerrar la tapa.
La mirada del profesor buscaba a la chica y la encontró
junto a otro alumno, apoyado en una Triumph. Aún ruborizada, se acercó con la
fría infusión a la mesa del profesor, ahora vacía.