Ha sido una ceremonia muy corta. Antes de que se lleven el ataud al crematorio, comienza a sonar la canción que a mamá siempre le gustaba escuchar cuando quería recordar su playa. La gente se levanta y prudentemente se van acercando y con leves asentimientos de cabeza la saludan por última vez. Veo que papá se incorpora difícilmente, se apoya sobre mi hermana y se dirige hacia la cola. Vacilando, decido acompañar a aquel hombre que, con una irreversible locura que se comía su memoria cada año, dejó de ser mi padre. Me pongo a su lado, pero creo que no se ha dado cuenta. Mira a mamá, inexpresivo. En ese momento, de fondo suena:
…te vas, pensando en volver.
Eres como una mujer
perfumadita de brea
que se añora y que se quiere
que se conoce y se teme…
Eres como una mujer
perfumadita de brea
que se añora y que se quiere
que se conoce y se teme…
Observo su cara y me sorprende una lágrima que se pierde entre los pliegues de su vejez.
Me pregunto si aún la reconoce.