Hoy es un buen día para volar. El cielo está tranquilo:
algunas gaviotas sortean las algodonosas nubes e Inez, despreocupada y
sonriente, bate suavemente sus largas alas sin un rumbo definido. Solamente
disfruta de este día. Pero la tranquilidad de su planeo se ve interrumpida por
un tirón seco que nota en uno de sus pies. Sobresaltada, Inez observa que una
cuerda se ha enlazado en el tobillo y tira de ella hacia el suelo. En el otro
extremo de la cuerda se encuentra Lloyd. Hoy hay que hacer muchas cosas aquí
abajo: hay que adelantar ese trabajo pendiente, organizar los libros del
estante y preparar la comida para los invitados de mañana. Lloyd, posicionado
firmemente en el suelo con los pies separados, las piernas flexionadas y la
cuerda bien amarrada a sus muñecas desliza ahora más suavemente a Inez desde
las alturas hasta su posición. Inez se deja arrastrar convencida de que él
tiene razón pero sus ojos no dejan de mirar la claridad del cielo y envidia la
paz con que los pájaros entrelazan sus vuelos unos con otros. Lloyd se
encuentra más tranquilo al ver que Inez va bajando para ayudarle. Ella ya casi
está en el suelo, puede ver la cara de Lloyd y empieza a olvidar las nubes, el
azul y las aves. Es momento de hacer lo que toca hacer, pero Lloyd no puede
evitar inoportunamente recriminarle su escapada. Inez siente culpa, se
entristece y esto la enoja. Inez se impulsa hacia arriba con todas sus fuerzas.
Lloyd no comprende la reacción de Inez y en el intento de retenerla vuelve a su
posición afirmada en el suelo para tirar de nuevo de ella. Pero esta vez la
energía de Inez supera las suyas de tal forma que él se desestabiliza, pierde
el equilibrio y sus pies ligeramente se separan del suelo. La cuerda se ha
enredado firmemente en una de sus muñecas y la incesante subida de Inez hacia
su cielo hace que Lloyd caiga de bruces contra el suelo siendo arrastrado unos
metros. Finalmente un fuerte tirón levanta a Lloyd del suelo y emprende un
torpe vuelo como un lastre pesado para Inez. Inez no puede volar tan
grácilmente como ella quisiera pero está de nuevo en el cielo y se dirige hacia
una altura mucho mayor que en otras de sus escapadas. Esta vez no se detendrá y
piensa disfrutar de su victoria contra lo terrenal. Hoy le toca estar sobre su
particular trono del reino de los cielos. Desde el otro lado, Lloyd mantiene
los ojos bien cerrados y aguanta su miedo a las alturas reprimiendo el grito
que quiere escapar de su estómago. Tiene pánico de notar que no puede apoyarse
en nada, sus pies no notan el rígido suelo y todo su cuerpo es arrastrado hacia
un lugar que no conoce. Estas ideas se repiten una y otra vez en la mente de Lloyd
y estas dan lugar a otras que empiezan a despertar sentimientos muy negativos.
Emerge lo más oscuro de él y aflora el resentimiento, la venganza y hasta el
arrepentimiento, tanto que llega a pensar en desatarse de la cuerda que tira de
sus muñecas aún a pesar de caer desde aquella altura. Estos sentimientos se
agolpan en su cabeza y oprimen su estómago que no puede evitar dejar escapar
ese grito atrapado. Su cuerpo se contrae, sus extremidades se repliegan y su
garganta se rasga al lanzar un grito atronador. El cielo se estremece, los
pájaros se retiran e Inez, desde arriba, lo mira asustada casi sin respirar. El
vuelo parece haber terminado aquí y con ello la ilusión de Inez. Sin embargo, Lloyd
se siente liberado y más relajado. En ese momento siente un hormigueo en su espalda cuya intensidad va aumentando hasta convertirse en picor, irritación y
finalmente sus vértebras y hombros crujen y su piel se rasga. Unas pequeñas
alas asoman desde su espalda. Instintivamente las mueve y el aleteo surte
efecto para iniciar un torpe vuelo hacia donde se encuentra Inez. Inez
asombrada lo espera con una complaciente sonrisa y juntos emprenden un
tranquilo y emocionante vuelo por los ocultos sueños de ambos.